El libro- Álbum en el aula

La lectura de imágenes y de textos en acción

“La voz del escritor legitimada, hablando desde la palabra escrita.

La voz del lector también legitimada, construyendo sentidos por afuera del cuerpo del libro, hablando desde la palabra oral.

La voz del ilustrador instalando el conflicto, un lector hablando desde otro discurso, la imagen y dentro del cuerpo del libro.

El escritor y el lector hablando en un mismo código: la palabra. Lo verbal del lado de lo socialmente aceptado.

El ilustrador hablando en imágenes: lo no verbal como resistido… pero indefectiblemente unido al libro (objeto socialmente sacralizado como espacio por excelencia de las letras).

Schritter, Itsvan. La otra lectura. La ilustración en los libros para niños, Lugar Editorial. Buenos Aires, 2005.

El libro-álbum apareció y fue creciendo en nuestro país en la última década. Los primeros libros-álbum eran importados, España desarrolló proyectos audaces e interesantes que generaron interés en las editoriales argentinas. Por otra parte sería injusto no mencionar las compras del Estado, sobre todo del Ministerio de Educación de la Nación, dado que las mismas hicieron que este tipo de libros ilustrados se difundieran, se conocieran y se comenzaran a trabajar en las aulas. Este objetivo hubiese sido impensado sin los equipos jurisdiccionales que trabajaron en cada provincia y rincón de nuestro país junto con los maestros.

Pero, volvamos al comienzo. ¿Qué es un libro-álbum? Ya se considera al libro-álbum como género en sí mismo. Cecilia Bajour y Marcela C

arranza lo definen como “contrapunto de imagen y palabra, donde la imagen narra lo no dicho por la palabra o la palabra dice lo dejado de lado por la imagen. En un libro-álbum la imagen es portadora de significación en sí misma y en diálogo con la palabra. Ilustración, texto, diseño y edición se conjugan en una unidad estética y de sentido”.

“Nos encontramos con un tipo de libro que ha sabido reconocer la importancia de la imagen en nuestra cultura, haciendo de la conexión entre ambos códigos un lugar de experimentación e innovación de los libros para niños.

Un libro álbum se lee y se ve, o si se quiere, se lee de otra manera. ¿Limita la imaginación del niño lector la fuerte presencia de la imagen en estos libros? Así lo subraya una posición ampliamente

difundida por algunas líneas didácticas que prohíben mostrar las ilustraciones de un libro durante la narración de un cuento infantil; posición que en definitiva desconfía acerca de las posibilidades imaginativas de los seres humanos.

Este tipo de libros nos sitúa en un concepto amplio de lectura no restringida al texto verbal, donde imagen y texto toman elementos del cine, la historieta, la publicidad, la plástica, los dibujos animados, los videojuegos, etc. El lector infantil entra así en conexión con diversas formas del acervo cultural actual y de la tradición, como parte del contenido de una historia pero también en la exploración de sus recursos y posibilidades formales. “

El libro-álbum complementa el texto y también resignifica los intersticios. Las ideas habituales acerca de lo que se considera leer son puestas en cuestión por este género. Como cuando la lectura de la imagen por parte de un niño que todavía no accedió a la comprensión del código escrito, le permite, gracias al juego propuesto por la imagen en algunos libros álbum, anticipar o contradecir el sentido que transmite el texto. Estos libros confirman que el niño sabe leer antes de leer, en el sentido clásico. En relación con estas posibilidades del libro álbum son interesantes las reflexiones del artista Ivan Pommaux:

“(…) es importante tener en cuenta la idea de que un niño que todavía no sabe leer, pueda comprender por sí mismo un libro que cuenta una historia actualizada, densa o compleja. (…) Por eso imagino a los padres de mi joven lector como rivales y trato de hacer todo lo posible por eliminar a esos rivales (aún sabiendo que nada reemplazará jamás la lectura que de un cuento hace la madre o el padre a su hijo)…”

Libros-álbum y temas históricos: EL BICENTENARIO DE LA INDEPENDENCIA y LAS BANDERAS QUE BELGRANO NOS LEGÓ.

¿Podemos compartir un álbum sobre un tema histórico? ¿Por qué nos propusimos desde la editorial una colección que abordara temas históricos de nuestro país desde este género?

En primer lugar, tanto la independencia como la creación de la bandera, o de las banderas, son temas que a veces se presentan en las aulas de manera abstracta, muy alejada del universo simbólico de los niños que son –hoy en día- absolutamente visuales. O como un “cuento” donde los hechos históricos son reducidos a un relato lleno de clichés y estereotipos y donde el proceso histórico se olvida, o reduce a un cuento. Por otra parte, este género nos permite enriquecer la educación estética de nuestros lectores, que habitualmente no es tenida en cuenta o es dejada de lado.

Vamos a brindar aquí algunas sugerencias para trabajar “Las banderas que Belgrano nos legó”, que se editó este año. A modo de ejemplo, tomaremos dos páginas, dado que confiamos en la creatividad y experticia de cada maestro frente a su grado.

Observemos la página 9. El texto nos explica acerca de las invasiones inglesas y la participación de Belgrano en ellas. La imagen complementa el texto y dice mucho, tiene algunos guiños con los relatos escolares que los adultos estudiamos en la escuela primaria. En cuanto al texto, es interesante la propuesta de la autora ya que mezcla el relato histórico con fragmentos de textos escritos por Manuel Belgrano. Estos textos están en otra tipografía y en color celeste. Esta estrategia gráfica no soslaya lo textual, sino que lo resemantiza y transforma al texto en polifónico.

Focalizamos en modos de leer no prescriptivos en los que nada obtura las lecturas, como una suerte de caleidoscopio en el que cada nuevo lector puede superar y resignificar a partir de la escritura y las ilustraciones que el libro presenta. Y las citas dialogan también con el relato narrado.

Vamos a observar ahora la página 11:

Poesía para niños, el sueño habitado

Angela Gentile

Princesa lectora. Ilustración de Erithe

Princesa lectora. Ilustración de Erithe

Escribir para niños es un desafío permanente, cambian los paradigmas, los lenguajes, los símbolos y los códigos.
Nos preguntamos cómo debe ser un poeta para niños y no hay fórmulas establecidas; pero se intuye que el mismo debería escribir como si realizara un viaje por su alma, con exigencias, autenticidad y transitar entre lo ficcional y lo habitado.
El encuentro entre lector-oyente se fortalece a temprana edad, en lo bello y en el ritmo; porque en la musicalidad se completa la parte lúdica del lenguaje y hace que ese “lector latente” se inicie como tal, al relacionar su universo simbólico, al misterio creativo y a la calidad estética de manera natural; porque no debemos olvidar que todo niño es un captor polifónico de lo oral y de lo escrito.
La poesía debe luchar con un entorno social que generalmente no la cultiva y es éste uno de los puntos claves para no incorporarla tempranamente. Muchos factores confluyen al intentar educar el gusto poético, desde aprender a que no todo verso rimado es poesía, hasta descubrir que el ritmo es la iluminación del poema.
Los niños seleccionan, aceptan, buscan, evalúan, manifiestan y reciben; por lo cual el lenguaje poético debe mantener su autenticidad para permitir su recepción, lograr edificar el significado y construir su propia arquitectura como lector. Esa construcción llevó años y se inicia en el momento en el cual se considera la figura del niño como objetivo de una literatura; pero aún, más en el destinatario de una poesía, casi no existe, es velado como en el caso de Ilíada cuando mencionan a Astianax, temeroso ante la figura de su padre Héctor; a pesar que en ese mundo, los espartanos, instruían a los niños a partir de los siete años tanto en el arte de la guerra como en la poesía. Los latinos arrullaban a sus hijos cantándoles canciones de cuna, un mundo poético influenciado por la voz más vinculante y cercana.
Desde la Antigüedad se ha sumado el interés y no ha decaído en los siglos. Pensemos en Argentina entre los años 1880 y 1910, aparece una poesía de corte didascálico; luego ya en los albores del siglo XX, se predispone a elaborar el perfil patriótico pues ya la escolaridad había aumentado de modo considerable y era necesario incorporar la historia.
En esos intentos de construcción de un lenguaje poético, se perfila lo hispanoamericano como tradición, se suma la métrica breve, la melodía y el uso de la rima mayormente consonante.
Es entonces en este lugar del sur de América que comenzaron a interesarse por la poesía infantil: docentes, ensayistas y poetas; entre los cuales Germán Berdiales es uno de los precursores, Fryda Schultz de Mantovani que da un paso más y edita la revista “Mundo infantil”.

No quiero devolver el libro a la Biblioteca! Es mío! Ilustración de George Doutsiopoulos

No quiero devolver el libro a la Biblioteca! Es mío! Ilustración de George Doutsiopoulos

Berdiales reúne poesía y sociedad cuando sin mencionar el país que describe, plantea el concepto de pobreza, asociada al trabajo y apela a la musicalidad de ciertas estrofas para remarcarlo: “(…) mucho que lavar/mucho que planchar/mucho que zurcir (…)”.
Enrique Banchs, reúne se aproxima más a lo inmediato y aparecen animales, en intertextualidad con otros géneros: “Gato embotado viene y va/con una mano en la cintura/con el sombrero/ de mosquetero/(…)”
Rafael Alberto Arrieta se pronuncia con versos dedicados a los menesteres más pastoriles pero sin evitar la cruel realidad a la que se enfrenta el niño de esos tiempos: “Trisca, el cabritillo/por el prado en flor/ (oigo tu cuchillo, / sacrificador)/¡Corre,trepa, escapa/que llega y te atrapa(…)”
Fryda Schultz de Mantovani descubre el universo y hace que los niños entren en contacto con ese cosmos utópico “Se cayó la luna, /se cayó en la harina, /álzala despacio/ con tu mano limpia (…)”.
Otra poeta Emma de Cartosio activa el mundo de los juguetes en su poesía:” (…) al oso celeste/se le cayó una oreja,/ ya no puede oír/sus propias quejas(…)”
Otros autores dentro del arco de finales de siglo XIX e inicios del XX, se acercaron en algún momento de su obra a la poesía para niños, sin minimizarla. Entre ellos contamos con Luis Franco, Raúl Galán, Rafael Jijena Sánchez, Ricardo Molinari, Conrado Nalé Roxlo, Alfonsina Storni, José Sebastián Tallón, Javier Villafañe entre otros.
El siglo XX avanza y aparece la figura de María Elena Walsh quien revoluciona la palabra y hace entrar en crisis el olvido e incorpora el absurdo, fractura el lenguaje y musicaliza parte de su producción; de ese modo el mundo repite estrofas, proyectándola en las generaciones. Walsh vuelve universal lo cotidiano, va por los senderos originales y formula nuevos “limericks” como lo hiciera Edgard Lear en otro siglo. Elsa Bonermann está en el historial de aquellos que jugaron entre el mundo real y el imaginario con imágenes deslumbrantes que formaron el gusto estético de una década. María Cristina Ramos continua ese sendero ya iniciado por los poetas antes mencionados; encontrando que en su camino la rima es importante, la métrica, y la selección del vocabulario son fundamentales, para jerarquizar el arte de la poesía infantil.
Sin duda la poesía infantil es un camino que ilumina, permite la libertad y se vuelve única en cada lector.

Un lector de poesía

Ángela Gentile

angelaSucede indefectiblemente que de niños soñamos en una dimensión infinita; y es por ello que entramos en territorios de lo posible, donde acontece esa otra vida que nos alienta sin saber hacia donde vamos. Y lentamente nos permitimos habitar otras pieles; así como insospechados espacios donde no importa tanto ser sino sentir que todo nos conduce a lo inesperado.
Siempre es una voz la que nos transporta a terrenos sin fronteras; y por ello de repente podemos reposar junto a Emilio Salgari en Maracaibo a la espera del Corsario Negro; que en mi caso vino tempranamente con la voz de mi padre.
Más que lector creo que uno con el tiempo se transforma en un buscador incansable de historias, perseguidor de faros como Stevenson o Verne, que iluminan el alma noche a noche como las luciérnagas en verano.
En territorios de la prosa uno se siente protegido; pero es más audaz, inexplicable e insólito cuando nos convertimos en lectores de olfato; en irrecuperables miembros de la universal cofradía de aventureros que poseemos la llave de todas las magias, con sólo dar vuelta por primera vez una página, y sentir que comienza nuestra larga vida de lector.
Todo ese maná un día no nos alcanza y sentimos que, además de ser lector de olfato, nos comenzamos a sentir lectores de bordes, de abismos y nos transformamos en peregrinos por territorios de poesía; la misma que no se anuncia y nos habitará por siempre.
Al leer poesía es muy difícil recordar cuándo, cómo y dónde fue la primera vez que sentimos que todo desaparecía a nuestro alrededor; algo similar al sentimiento que produce la Ilíada cuando nos damos cuenta que esa gran metáfora griega nos vincula con nuestro ántropos y nuestro deimon; y nos interesa cual hostil sea ese encuentro, igualmente entramos a los mundos que confluyen para desabitarnos.
La poesía estuvo antes en el mundo, estableciendo su primacía desde lo individual a lo cosmogónico, espacios por donde la Nada, como escribiera el poeta Horacio Castillo, viene a comer de nuestra mano.
Mirar desde el silencio y el lenguaje, nos hace partícipes de la esperanza y raramente están las palabras como uno las recuerda; de allí que los visitantes de nuestra memoria poética ingresan con la canción de cuna que ya ni siquiera tarareamos. Y a pesar de todo son los indicios , tan sutiles como los hilos de Ariadna y tan persistentes que se nos incorporan con el desayuno diario y que, por la magia de la musicalidad llega a nosotros nuevamente por otra voz; y en mi caso, fue la de mi madre quien recitaba a Rosalía de Castro, la gran poeta gallega y aquellos versos que hablaban sobre el amor a su tierra; y el cual no tenían por qué coincidir con mis necesidades pero estaban y estarán allí muy cerca de la infancia con :

“Airiños, airiños aire
Airiños de mia terra.
Airiños, airitos aires,
airiños portarme a ella”

Por aquellos tiempos lo primitivo era la tierra desconocida y sin frontera de los versos orales; un aprendizaje que me enseñó a sentarme en el mundo y escuchar solamente los silencios que dejaban los versos mientras se escapaban por el aire.
Uno se preguntaba más tarde si el hombre cantó antes de hablar; y llega aquella frase de Aristóteles: “La poesía es aquello no dicho”.
El lugar, el horizonte donde una vive suele tener lenguaje propio; y de pronto viviendo en familia y ciudad de inmigrantes, se penetra en otras lenguas y se escucha embelesada a su abuelo entrar en la cadencia de unos versos, que rondaban el cielo y nos cambiaba el cómo y por qué escuchar :

Nel mezzo del cammin di nostra vita,
mi ritrovai per una selva oscura,
che la dritta via era smarrita.

Con los años, estos versos, me llevaron a leer la Divina Comedia, a convocar la memoria de la infancia, el lenguaje que de pronto se volvió familiar y único en la belleza de la lengua romance que descubrí una vez y para siempre.
Y es el tiempo el que nos elige poéticamente en cada palabra, en cada descubrimiento, bajo distintas máscaras la poesía se hace presente. Los griegos cantaban antes de hablar, los jóvenes espartanos entraban recitando poesía a los campos de batalla. Lo poético siempre circuló y circulará entre el eros y el tánatos. En esos instantes de contacto con el mundo clásico, me encontré con la lengua generosa de los rapsodas, que me llegó en la voz de Horacio Castillo, poeta y helenista hacia el mundo de lo bello, desdibujando para siempre las fronteras literarias e instalando una visión del mundo homérico como un milagro cotidiano. Vinieron a mí las imágenes de los lavaderos de piedra y del Escamandro desbordándose hacia mis ojos; mientras que Safo, descorría las tinieblas del mundo hasta situarnos en la eternidad de líneas como:

Me parece igual a los dioses
aquel varón sentado frente a ti,
que a tu lado escucha
mientras hablas dulcemente
y sonríes con amor.

cuerno-de-marfil-de-angela-gentileEs difícil saber en qué momento uno se vuelve lector de poesía; pero seguramente ha sido de manera desprevenida para ir hacia nosotros mismos, en un nostos hacia el corazón, a ese lugar alquilado por los hombres. Allí, en ese viaje de regreso, me encontré con poetas griegos modernos como Odiseas Elytis, Yannis Ritzos, Yorgos Seferis o Constantino Kavafis , poseedores , todos, de la inmortalidad , míticos por dadores de tiempo, artífices de las palabras que nos hieren en la vigilia del verso.
Yannis Ritzos de pie ante lo terrible, traducía en su lengua aquello que no era dicho:

Estos árboles no se arreglan con tan poco cielo,
Estas piedras no se arreglan bajo el paso extranjero,
Estos rostros no se arreglan sino con sol,
Estos corazones no se arreglan sino con justicia.

Sólo alguien que haya sido devorado por la poesía, deambulado por las márgenes de un libro sin saber que lejos estaba la exterioridad y que cerca el sentido último de nosotros mismos; donde se albergaba la inmortalidad impuesta por Wordsworth y aquella, su oda perfecta:

Aunque mis ojos ya no
puedan ver ese puro destello
Que en mi juventud me deslumbraba

Aunque nada pueda hacer
volver la hora del esplendor en la hierba,
de la gloria en las flores,
no debemos afligirnos
porqué la belleza subsiste siempre en el recuerdo.

Luego de leer muchas veces uno se siente en una habitación vacía; y es entonces el momento de buscar la palabra que nos alcance como lo hiciera Olga Orozco, poeta de La Pampa argentina que en cada verso convoca tempestades y naufragios desde sí misma:

Yo, Olga Orozco, desde tu corazón digo a todos que muero.
Amé la soledad, la heroica perduración de toda fe,
el ocio donde crecen animales extraños y plantas fabulosas,
la sombra de un gran tiempo que pasó entre misterios y entre
alucinaciones,
y también el pequeño temblor de las bujías en el anochecer.

No hay temblor en la noche del lector de poesía pues cuando la palabra se va, como un inquilino nocturno, viene siempre otro y otro pasajero.
Ana Emilia Lahitte, poeta platense de la generación del 40 en Argentina, me acercó Lautremont y también a Roberto Themis Speroni que apareció de improviso con una poesía abismal:
Me alojarán en una veta fina.

Harán conmigo una estación yacente,
y me pondrán, al lado de las manos,
un hombre de tres clavos, un antiguo
perseguido de luz.

Ciertas personas,
habitantes del uso y la costumbre,
repararán, al fin, que fui una especie
de cometa infernal, un constelado
errabundo filial, un hongo triste,
un insecto de tórax luminoso.

En esa búsqueda de la síntesis, el único espacio interior lo cubrió la lectura de Roberto Juarroz y su universo vertical, nuestra interioridad hacia los mundos del éter y del infierno estaban por siempre asegurados:

Pienso que en este momento
tal vez nadie en el universo piensa en mí,
que solo yo me pienso,
y si ahora muriese,
nadie, ni yo, me pensaría.

Y aquí empieza el abismo,
como cuando me duermo.
Soy mi propio sostén y me lo quito.
Contribuyo a tapizar de ausencia todo.

Es la poesía la que nos evoca mediante signos que nunca se revelarán porque no hay interiores iguales, porque no hay interpretación única y posible.
Manuel Castilla, poeta salteño, llegó con dos líneas de un poema casi autobiográfico y deambuló su luz por una calle perdida de Salta :
(…)
ese que amanecido, con el vino,
se arrima alucinado al mandarino
y con su corazón lo va tanteando,
ese ya no es, aunque parezca cierto,
es un Manuel Castilla que se ha muerto
y en esa casa está resucitando…

El tiempo tenía a la eternidad como palabra y en la misma convivían Pessoa y su deambular por las cornisas del yo, junto a los sueños de Ungaretti y Montale.
La poesía ha suprimido todo espacio y todo equilibrio y la vemos desde la noche del poeta y no nos quiere decir nada; tampoco acumular el resto de nuestros propios rostros. Ella es simplemente como lo son estos versos de Miguel Hernández:

(…)
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.

Y uno se hace lector de poesía porque necesita respirar y quizá quiera también perdurar como Enjeduana, la primera poeta conocida que cantó su destierro hace más de 4000 años; y como ella ser una sacerdotisa de la luna; aunque no ya en el templo de Ur sino en la palabra y acompañar lo bello, que no es más que la armonía que sostiene lo no pronunciado.

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